El Corazón de Mi Llano
El Corazón de Mi Llano

La historia del Departamento del Meta se remonta a los primeros años de la conquista cuando, a mediados del siglo XVI, en tierras de la España conquistadora y entre los conquistadores que se asentaron en el nuevo mundo, corrían historias casi legendarias sobre las tierras altas del recién descubierto continente sudamericano.

Una de esas historias legendarias, descrita por el cronista Fernández de Oviedo, aludía a un cacique que para rendir tributo a sus dioses ungía con resina su cuerpo desnudo y, sobre él, sus súbditos adherían polvo de oro desde la planta de los pies hasta la frente, dejándolo brillante como el sol en la tierra.

Este rey se acompañaba de multitudes que llegaban a él para hacerle ofrendas de oro. Vivía en una ciudad muy grande, cercana a un lago salino, con muchas casas y estatuas de oro y periódicamente iba al lago para arrojar allí el oro, retornándolo a las deidades.

Surge así la leyenda de El Dorado, cuya localización dio lugar a cientos de expediciones que irrumpieron en las tierras ubicadas entre el Mar Caribe y el Amazonas durante los primeros siglos de colonización y que dio lugar al paso de muchos expedicionarios por los parajes del Meta.
Sin embargo, las tierras de los Llanos y la Orinoquia ya habían sido parcialmente descritas por los expedicionarios del conquistador Diego de Ordaz quien, por primera vez, llega a la confluencia del río Meta con el Orinoco, salvando increíbles obstáculos, antes de la fiebre de El Dorado. Ordaz llamó Meta al afluente, al escuchar de un grupo de nativos la historia sobre el rey Meta que habitaba aguas arriba y quien poseía mucho oro.

En tiempos de la conquista española los Llanos Orientales se hallaban habitados por grupos humanos diseminados en numerosos pueblos autóctonos pertenecientes a la civilización Arawak, como los Achaguas y Sálivas, y grupos propiamente sabaneros o llaneros como los Guahibos, Chiricoas, Yaruros y Guamos, adaptados al clima de selva húmeda tropical y que, por lo general, conocían la agricultura.
Los indígenas de los Llanos Orientales fueron sometidos y ampliamente exterminados o desalojados por las huestes conquistadoras de Diego de Ordaz, Alonso de Herrera, Jorge Spira, Nicolás de Federman, Hernán Pérez de Quesada, Juan de Avellaneda, Gonzalo Jiménez de Quesada, Felipe de Utre y Antonio Berrío.

Durante la Colonia, muchos de estos indígenas pasaron a formar parte de las reducciones indígenas alrededor de las cuales se establecieron parroquias y villas. Misioneros Jesuitas en primera instancia, seguidos de Agustinos y otras órdenes religiosas, se integran a las comunidades, estudian sus lenguas y costumbres, adoctrinan a los indígenas en la fe católica y les enseñan nuevas técnicas de tejido en telar, talla en madera, y a interpretar instrumentos musicales europeos entre ellos, el arpa que más adelante pasará a conformar el conjunto de instrumentos propios del folclor musical llanero.
Además de las misiones, ya para 1544 se había consolidado un sistema de encomiendas siendo la primera la de Pedro Rodríguez de Salamanca heredada a raíz de su muerte a manos del Adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá.
Algunas tribus como los Guahibos y Sálivas han logrado subsistir hasta nuestros días y se localizan principalmente en el extremo oriental y en algunos sectores sobre las márgenes del río Meta, donde tienen hoy su propia jurisdicción.

El Meta y su casta llanera están ligadas a la gesta libertadora que le dio la libertad a la Nueva Granada y que consolidó la independencia de Suramérica ya que la Campaña Libertadora de la Nueva Granada se inicia con la organización de ejércitos en Casanare por parte del General Francisco de Paula Santander en 1819.
El territorio del Meta hizo parte del estado de Cundinamarca hasta 1867, año en que fue cedido para su administración al Gobierno central, el cual aceptó la cesión por Ley del 4 de julio de 1868, denominándolo Territorio Nacional de San Martín de los Llanos. El decreto 290 de 8 de marzo de 1906 cambió su nombre por el de Territorio Nacional del Meta y el decreto 94 de 28 de agosto de 1909 lo convirtió en Intendencia. Por último, la Ley 118 del 16 de diciembre de 1959 creó el Departamento del Meta que comenzó a funcionar como tal el 1º de julio de 1960
En período sin determinar, surge de forma lenta y espontánea un asentamiento humano a partir de una posada de paso, en la que convergían los caminos ganaderos provenientes de San Martín y de Casanare, donde a su vez desembocada una vía que en 1760 comunicaba con Bogotá. Dicho lugar se encontraba en cercanías del caño Gramalote afluente que le originó su primer nombre- y en las estribaciones de la Cordillera Oriental.

Ésta es la conclusión investigativa más reciente en torno a la manera como inició su vida hoy capital del Meta.
Los registros históricos recuerdan a los siguientes ciudadanos entre los primeros habitantes del naciente caserío: Esteban Aguirre, Francisco Ruíz, Matea Fernández de Ruíz, Librado Hernández, Silvestre Velásquez y Francisco Ardila.
Es en el año de 1850 cuando se produce el primer acontecimiento de orden oficial –conocido hasta el presente- que viene a darle vida político administrativa al poblado. Se trata de la promulgación el 21 de octubre de la Ordenanza No. 106 por parte de la Cámara Provincial de Bogotá, con la cual se le cambia la categoría y de nombre al Corregimiento de Gramalote por el Distrito Parroquial de Villavicencio; el contenido del documento no explica el porqué del nuevo nombre.
En lo referente a datos poblacionales para aquellos tiempos se tienen los siguientes: 30 familias en 1846, 349 habitantes en 1850 y 341 en 1851. No obstante lo anterior, los asientos parroquiales de la localidad sólo comienzan el 29 de enero de 1852 con el registro de la primera fe de bautismo a nombre de la niña Andrea Romero Rey, quien recibió este sacramento del sacerdote Manuel Antonio Martínez.
Diez años luego, mediante ley expedida el 7 de septiembre el gobierno crea el Distrito Notarial de Villavicencio cuya jurisdicción abarcaba las poblaciones de San Martín, Concepción de Arama, Cumaral y Nuestra Señora de la Concepción de Giramena.
Hacia el año 1864 don Sergio Convers funda la Hacienda El Buque, ubicada en las cercanías de la localidad. Allí plantó unas setenta mil matas de cafeto, cuyas cosechas exportó tanto para el interior del país, por el camino de herradura, como para el extranjero a través del río Meta. Por este mismo tiempo surgen también a su alrededor y con fines agropecuarios las propiedades La Esperanza, El Triunfo, La Vanguardia y El Cairo.

Transcurría el mes de enero del año 1890 cuando un incendio arrasó con el caserío cuyas viviendas, en cantidad aproximada a doscientas, habían sido construidas en su gran mayoría con madera y techadas con palmas. Esta contingencia obligó la reconstrucción del poblado durante la última década de dicha centuria. Prueba única de estos acontecimientos es la placa de piedra labrada que se encuentra en el costado izquierdo exterior de la puerta central de la iglesia catedral. Durante la guerra de los Mil Días, confrontación que se inició a finales de 1899, Villavicencio fue sede de algunos de estos sucesos violentos que frenaron el apogeo de la hacienda El Buque, quizá la más tecnificada de la región.

Con la llegada del nuevo siglo se establecen en el lugar las comunidades religiosas de los sacerdotes Montfortianos, las hermanas de La Sabiduría y los hermanos de La Salle, que vienen a darle desarrollo espiritual, educativo y cultural a los moradores. Cuando en 1906 se crea el Territorio Nacional del Meta, se declara a Villavicencio como su capital; tres años después se restablace la Intendencia Nacional del Meta dándole a Villavicencio la misma categoría. Corrieron los años y el pueblo se consolida en sus aspectos sociales, económicos y urbanísticos, alcanzando un perímetro urbano que tenía como límites naturales el cerro de Cristo Rey y a los caños Gramalote y Parrado, los que conservó hasta finales de los 50 cuando comienza la transición de pueblo a ciudad que hoy continúa desarrollando.

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